La polémica de la semana: ¿Qué pasa en los cines?

Iniciamos nueva sección en De Cines y Cenas, para hablar de un tema que llevamos varios años pergeñando y que ha terminado de explotar tras la “vuelta a la normalidad” que estamos viviendo: ¿Qué pasa en los cines?

Hace unos años había tres tipos de salas de cine:

  • La de los estrenos del momento: la gran sala, llena de butacas, con el mejor proyector, el mejor sonido y la audiencia propia de una película taquillera.
  • La de las películas que están a punto de desaparecer de cartelera: sala pequeñita, llena de gente que no quiere dejar pasar la oportunidad de ver algo en pantalla grande o simplemente ha encontrado un hueco para ir al cine y “es lo que ponen”.
  • Las salas de versión original: salas pequeñas, de asientos incómodos, pero en los que la seriedad, el ambiente de pasión por el cine y las ganas de disfrutar una película quedan patentes.

Cada sala tenía su aquel y dependiendo de la película y la temática íbamos eligiendo el lugar donde disfrutaríamos las siguientes dos horas de nuestra vida, siendo las primeras las más palomiteras y la últimas lugares en los que ni siquiera era posible entrar tarde porque la puerta se cerraba una vez iniciada la proyección.

El problema empezó cuando el servicio del bar empezó a subir su oferta… No lo negamos, nos encantan las palomitas y las disfrutamos como los que más, pero creemos que en la dicotomía “dulces o saladas”, debería haberse quedado la oferta. Nachos, perritos, hamburguesas, pizzas… cualquier cosa imaginable era capaz de aparecer a tu lado y darle olor a cuatro quesos a tu experiencia viendo “12 años de esclavitud”. Fuimos muchos los que empezamos a escapar de las grandes salas y esperar unas semanas a que la afluencia de perritos calientes bajase. Pero empezaron los spoilers… y TODOS deberíamos odiar los spoilers, pero hay gente que solo quiere ver el mundo arder y gracias a Twitter (el horror moderno) es muy difícil no enterarse de según qué cosas. Y llegaron las plataformas de streaming y llegó la posibilidad de ver películas tranquilamente desde casa, en pijama, tumbadas en el sofá y parando tantas veces como quieras para ir al servicio…. pero no es lo mismo y queremos ir al cine y disfrutar de la experiencia en pantalla grande. Entonces nos fuimos a las salas de versión original, pero ya no son lo que eran.

Desde los que no llegan a su hora, los que tardan 15 minutos en quitarse el abrigo, los que se quedan de pie… porque sí. La gente que necesita apuntarte a la cara con el flash de su móvil a la cara para ver si “¿Es mi sitio?”, los que se explican la película, la comentan, la comparten por whatsapp y la cantidad de gente que debe tener incontinencia urinaria y no es capaz de estar 20 minutos sin levantarse de su asiento… ¿¡Qué está pasando en los cines!?.

No señor+s, cuando vamos al cine no estamos en nuestra casa y no podemos molestar al resto de personas que (al igual que nosotras) han pagado una entrada y quieren ver una película tranquilamente.

Hace unos días fuimos a ver el documental “Amazing Grace” de Aretha Frankling (podéis ver nuestra review aquí) y la gente lo tomó como un concierto, en el que ver las canciones y aprovechar los parones (justo la parte que ofrece más interés sobre cómo se grabó, por qué y para qué) para hacer todo tipo de ruidos, levantamientos y mandar mensajes en mitad de la oscuridad. La cosa ha llegado hasta el punto de que hemos visto a gente comiendo (ruidosamente) palomitas en películas sobre el holocausto…

Nos lo tenemos que mirar… o no. ¿Qué pensáis?

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